El dibujo fue parte de mis juegos infantiles y continuó a lo largo de toda la formación académica terminando en la Facultad de Arquitectura.

Es mucho después que ingresa el color. La acuarela fue la puerta de ingreso para iluminar dibujos y caricaturas que surgían espontáneamente y que lentamente se convirtió en obsesión por dominar la técnica. La etapa de talleres con Dante Picarelli y luego Clever Lara dejaron como enseñanza, principalmente, el respeto y amor al oficio, constancia y dedicación.

La acuarela me permite la espontaneidad, el uso de la materia para apoyar el dibujo tendiendo a la abstracción, mientras que el óleo es una insistencia constante a la referencia, a la figuración, a una necesidad de captar, mediante veladuras, la atmósfera a través de luces y sombras.

Premiaciones y bienales dejaron en claro que el camino es un constante aprendizaje, experimentación y búsqueda, saber rendirse y empezar de nuevo.

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